La puerta

domingo 19 de noviembre de 2023 | 3:52hs.
La puerta
La puerta

-Sí... ¡márchate! ¡Déjame en paz!

Alberto... ¿es posible?

Al verla tan débil, tan rubia, tan suave, un malvado deseo le hizo repetir:

-¿Qué?... ¡Que te vayas! ¡Que no vuelvas! La arrojó del gabinete, y cerró la puerta. Una satisfacción ácida alegraba sus venas de macho fuerte.

Había sentido bajo sus dedos, que mordían, doblarse la carne infantil y temblorosa de la mujer, y había mirado aquel cuerpecito estrecho, otras veces palpitante de caricias largas, desvanecerse lánguidamente en la sombra. Y como un eco salvaje oía aún el latigazo de su propia voz:

-¡Que te vayas! ¡Que no vuelvas!...

Pero también comenzó a oír lamentos que subían en su conciencia... ¿A ella, a su Mari, tan dulce, había él tenido valor de castigarla? ¿Y por qué? ¿Por qué, en medio de una disputa cariñosa y abandonada, le había ahogado de repente el ansia feroz de hacerla sufrir, de estrujar el corazoncito adorado? Y una gran extrañeza, una gran claridad, surgió de pronto.

No, no la amaba ya. Todo había acabado. Todo había muerto.

Se quedó contemplando la alta puerta inmóvil, y le pareció que no se abriría jamás.

Detrás de la puerta, apretándose el pecho con las manos moribundas, Mari escuchaba. Era muy de noche. Por las piedras de las calles se arrastraban los pasos de algún mendigo.

Mari le envidió no tener más que frio y hambre. Ella tenía un horrible frío en el alma. Percibió ruido de papeles, de hojas de libro que se pasan... «Está trabajando...», pensó. Ahora se levanta, se pasea... viene.» Mari no podía respirar. «Se va. No abre. Los pies crueles de Alberto iban y venían, sin pararse, a la puerta, sin querer llegar hasta aquella desesperación muda, llevando la limosna de paz... Y las lágrimas brotaron sin fin, brotaron quemadoras de la fuente invisible, mojando en la obscuridad el rostro tibio, pegado a la puerta inmóvil... Y Mari se dejó caer poco a poco al fondo de su dolor...

Las horas aprovechaban el negro silencio para huir, empujándose las unas a las otras, y Alberto, borracho de sueño y de tristeza, se decidió a abrir.

Mari, desplomada en el suelo, se había quedado dormida. El levantó la hermosa cabeza de oro, empapada en sudor y en llanto, y besó los cálidos ojos entreabiertos.

A la luz de la lámpara aparecían algunas arrugas junto a la boca atormentada, de donde salía un vago perfume de muerte.

Entonces el hombre tomó a la niña en brazos, y pasaron la puerta para entrar en el amor verdadero, hecho de tinieblas, de angustia y de llamas.

 

Rafael Barret 

Del libro Cuentos Breves. Barret, de nombre completo Rafael Ángel Jorge Julián Barrett y Álvarez de Toledo, integrante de una acaudalada familia española, desarrolló su labor literaria en Paraguay. Murió en 1910 a los 34 años.

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